Capítulo 7.
Ha pasado una semana desde que se fue Axel.
Ahora me paso las horas muertas leyendo. He leído más en esta
semana que en toda mi vida. No era que no me gustara leer, es que no había
encontrado el libro adecuado, y resulta que el libro adecuado fue El Viaje Al
Centro de La Tierra
de Julio Verne. No sé si es porque es una historia de lo más original, o porque
el protagonista se llama Axel. Lo gracioso es que ese libro me lo mandaron leer
hace dos años en el colegio, pero no me lo leí por pereza pura y dura.
Lógicamente, suspendí el examen.
Ahora, mi afición a la lectura hace que casi no haga nada
más que zamparme los libros. De hecho, no he salido de “mi casa” estos días. El
poco tiempo que me queda, lo aprovecho tocando el piano o durmiendo. Aunque las
pesadillas sean lo único que vea en sueños.
Mi segunda alma, no ha vuelto a dar señales de vida. A lo
mejor, después de lo que dijo Axel, se esfumó de mi cuerpo o algo. Con suerte,
ahora seré una persona normal. Con suerte, ya no tendré que morir entre
terribles sufrimientos y poner a Axel en peligro. Aunque lo más probable es que
siga aquí y no me esté dando más la tabarra.
Ahora mismo, podría estar leyendo, perfeccionando Claro
de Luna de Beethoven con el piano, o incluso haciendo el idiota bailando y
cantando alguna canción de Elvis; pero no, ahora mismo estoy frente al espejo,
mirándome a mí misma a los ojos como una tonta. ¿Tan impresionantes son mis
ojos que me han salvado la vida? Son unos ojos marrones, normales y corrientes.
Bueno, son un poco más claros, e incluso si los pones al sol, puede parecer
hasta un poquito dorados, ¿pero pasa algo más con ellos? Si comparamos mis ojos
con los de Axel, son como… mmm… Bueno, no se pueden comparar. Los ojos de Axel
no son de este mundo.
Siempre he envidiado los ojos azules de Eli, mi mejor
amiga. De un azul casi blanco, con un aro más oscuro bordeando el iris, y con
puntitos verdes cerca de la pupila. Impresionantes. Entre eso, y el cuerpazo
que tenía, se llevaba a los tíos de calle.
¿Por qué hablo de ella en pasado? No está muerta. No del
todo.
Me sigo mirando al espejo, no sé exactamente durante
cuanto tiempo, y vuelvo al sofá verde mullido a seguir con Muerte en el Nilo de
Agatha Christie.
Me llama mucho la atención la criminología, tanto, que
cuando hubiese terminado el instituto, la hubiese estudiado en la universidad.
Si aprobaba la
Selectividad , claro.
Casi sin darme cuenta, me termino el libro. ¿Cómo era
posible? Si me quedaba más de la mitad y me acababa de sentar. La magia de la
lectura. He sido tonta por no haber leído nunca antes. Cuando vea a Axel le
daré las gracias.
Me levanto del sofá, rumbo a la estantería pequeña ya sin
polvo. ¿Qué libro cojo ahora? Cogería el siguiente de Christie, pero me apetece
variar un poco de género. Mmmm… ¿poesía? No, ya lloré suficiente con los poemas
de Bécquer. Soy una maldita cursiolona. ¿Ciencia ficción? No quedan, me he
leído todos. ¿Fantasía? Los que había de Laura Gallego me han encantado, seguro
que eran de Andrea, porque no eran unos libros muy extensos. Pero no, hay que
variar un poco. Me fijo en autor, Edward Allan Poe. Creo que “estudié” sobre él
en literatura… Ah, sí, uno de los mejores escritores de terror. Creo que estará
bien. Cojo el libro, que tampoco es muy gordo.
Me vuelvo a sentar en el sofá, y abro la primera hoja,
dispuesta a chillar de terror con todas y cada una de las páginas.
Cual es mi sorpresa, que en la primera hoja hay una
dedicatoria.
Una dedicatoria con unas letras muy decoradas. Una
dedicatoria que pone:
“Para mi gran amigo Enzo”
Dejo caer el libro al suelo, como si me quemara. ¿Enzo? ¿MI
GRAN AMIGO ENZO? Que yo recuerde el padre de Andrea se llamaba Gabriel.
El corazón me late a cien por hora.
Sería muy mala suerte el hecho de que ese fuera el Enzo que
me quiere fusionar el alma.
Y de todas maneras, ¿qué hace aquí un libro de ese hombre?
No, no, no puede ser.
O sí.
Me entra el pánico.
No puede ser.
Me levanto lo más rápido que puedo del sofá, y me pongo a
buscar por todos lo cajones de la casa. ¿Qué? No lo sé.
En uno de los cajones del dormitorio del matrimonio,
encuentro algo que hubiese preferido no encontrar.
Una fotografía en la que salen Andrea con unos 3 años, sus
padres, y un hombre con el pelo canoso y desaliñado y los ojos muy grises.
Sin saberlo, deduzco que ese es Enzo.
El pánico se vuelve a apoderar de mí.
¿Qué relación tienen Enzo y esta familia?
Tengo que salir de esta casa. Tengo que salir de esta casa.
Tengo que salir de esta casa.
Es lo único en lo que pienso.
Bajo corriendo las escaleras, en busca de mi mochila. La
lleno de la poca ropa que tengo y de unas cuantas latas de despensa.
Cuando estoy apunto de salir por la puerta, veo una nota
encima de la mesita del salón.
Juraría que no había nada ahí hace unos minutos.
Con las piernas temblándome, me acerco a la mesa, y leo la
nota.
“Querida Amanda, sé dónde estás y no tardaré en encontrarte.
Una pena que no sepas utilizar tus poderes.
Fdo: Enzo”
Mierda.
Me va a encontrar. Me tengo que ir lejos. Muy lejos.
Pero ¿cómo?
Intento que mi segunda alma salga de mí. ¿Cómo coño se hace
esto?
Amanda, no pierdas la calma.
Llamaré a Axel, el sabrá que hacer.
Joder, ¿cómo?
El dijo no se qué de que podía llamar a otras personas con
su media alma, ¿no? No, a lo mejor me lo he inventado.
Bueno, aunque sea cosa de mi imaginación, intento hacer
algo. ¿El qué? Ni idea.
Segunda alma, si es tan amable de dar señales de vida, me
sería de mucha ayuda.
Segunda alma, estás dando siempre el coñazo y ya no
apareces. QUE TE DEN POR CULO.
Amanda, contrólate.
Segunda alma, por Dios, por la Virgen y por todos los
Santos del cielo, ¿me quieres hacer caso?
Nada. NO HAY NADA. JODER.
No aguanto más y grito.
Grito por todo. Por las semanas que he estado sola. Por mi
familia y amigos que no está ni vivos ni muertos. Por mi segunda alma que no
aparece. Por mi desesperación de no saber que hacer.
Las lágrimas me caen solas por las mejillas.
“No me gusta que me llames segunda alma. Soy tan primera
como la otra” ¿Hacía falta que me pusiera así para que me hicieses caso?
“No, pero es que me gusta joderte” Que te follen.
“Que desagradable
eres, ¿quieres que llame a Axel o no?” Pues claro.
“Vale, pero tienes que colaborar, eh”
Aunque no sé que hacer, se supone que sí sé. Quiero decir, que no sé como lo hago, pero consigo que mi otra alma salga de mi cuerpo. O eso me parece a mí.
Aunque no sé que hacer, se supone que sí sé. Quiero decir, que no sé como lo hago, pero consigo que mi otra alma salga de mi cuerpo. O eso me parece a mí.
Visualizo a Axel. Está en una habitación, supongo que en su
habitación. Es pequeña y con las paredes blancas e inmaculadas. No como las
mías, llenas de pósters y garabatos. Solo hay una cama, un armario, un
escritorio, una estantería enorme y su violonchelo. Está tumbado en la cama.
Leyendo, como no.
Lo llamo.
Mi voz no suena en la habitación, sino en su cabeza.
Se levanta de la cama y mira a todos lados, como buscándome.
Ahora digo: Axel, soy Amanda. Necesito que vengas
urgentemente.
Sigue con la cara de sorpresa, pero sin pensarlo dos veces,
cierra los ojos, y desaparece.
Ahora lo tengo delante de mí, todavía con la cara de
sorpresa.
-
¿Cómo has hecho eso?
Antes de decir nada, más que nada porque me duele la
garganta del grito que he pegado, le doy la nota de su tío.
La lee, y se pone blanco, con una expresión de preocupación
impresionante.
-
¿Qué hacemos? – digo, con cierta desesperación el la
voz.
No contesta. Sigue mirando la nota.
-
Axel, por favor, dime que hacemos ahora. – insisto.
Sigue mirando la hoja.
-
Joder, Axel, ser misterioso es muy sexy, pero en estas
ocasiones no.
Ya es cuando levanta la mirada de la nota, y me mira a los
ojos. Y aunque parece que va a decir algo muy importante, dice:
-
Soy sexy las 24 horas del día. Haga lo que haga.
-
Axel.
-
Vale, – ya vuelve a estar serio- dame la mano. Pero
antes coge todo lo que puedas. No vas a volver a esta casa en tu vida.
Cojo la mochila del suelo, y me la ponga a la espalda. Acto
seguido, le doy la mano a Axel. Este cierra los ojos y respira hondo.
-
Nunca me he teletrasportado con nadie. Con suerte
salimos vivos de esta.
-
Cállate.
Yo también cierro los ojos e intento ayudar, aunque sin
éxito.
Lo único que puedo hacer mientras que Axel hace su trabajo,
es aferrarme a su mano. Sentir el calor que sale de ella. La suavidad con la
que sus dedos se entrelazan con los míos. Como si fuera él el único que me
sujeta a este mundo. Mi punto de apoyo. Y en cierto modo, más o menos es así.
-
Ya vamos – susurra.
Entonces todo me da vueltas, y noto unas cosquillitas por
los pies, que van subiendo por todo mi cuerpo hasta llegar a mi cabeza. Lo
único que siento es la mano de Axel, sujetándome con fuerza.
Por fin, parece que mis pies tocan tierra firme.
Después de un rato, abro los ojos y me aseguro de que es
verdad que estoy en tierra firme.
Todo me sigue dando vueltas. Estoy muy mareada.
Aún cogida de la mano de Axel, me giro hacia él, y lo último
que veo antes de caer redonda al suelo son sus ojos color verde.
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