Capítulo 6.
Íbamos de camino a la casa.Axel insistió en verla. Quería saber si estaba lo suficiente alejada de posibles miradas indiscretas. Llevo en esa casa unas cuantas semanas y sé que no hay ni habrá nadie por los alrededores. Mi instinto, que ahora se supone que es mi segunda alma, me dice que Axel también lo sabe.
Casi sin hablar, llegamos a las puertas de la casa. Lógicamente, no estaba cerrada con llave, ¿quién iba a entrar?
Con un sutil movimiento de muñeca, Axel abre la puerta y me deja pasar.
- Bueno, esta es mi nueva casa.
No dice nada, se limita a observar todos los muebles de la casa.
Antes de que termine con la observación, posa los ojos, no en la lámpara de cristales de Swarosky, ni en el mullido sofá verde, ni en la tele de plasma de 50 pulgadas, ni siquiera en el sujetador negro con puntitos blancos que dejé esta mañana en el suelo. Axel posa sus ojos en una pequeña y polvorienta estantería que hay en el fondo del salón. Con unos andares increíblemente sexys, se dirige hacia la estantería. Al llegar, mira los libros con un extraño brillo en sus ojos verdes. Adiviné, que era un amante de la lectura. Acaricia el lomo de un libro gordo de cuero. Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer.
- ¿Sabes las maravillas literarias que tienes en esta estantería?- pregunta.
- La verdad, es que no soy muy aficionada a la lectura, y menos a la poesía.
En ese momento, me fulmina con la mirada y con el ceño fruncido.
- Irás al infierno por esto – dice, con una voz grave y claramente fingida.
- Llévame ante Enzo, más o menos va a ser lo mismo.
- Te aseguro, que el infierno es un lugar maravilloso en comparación con el laboratorio de Enzo. A parte, te prometí que no te iba a delatar. Siempre cumplo mis promesas.
Antes de que pudiera hacer nada, cogió el libro, lo abrió por una página al azar, y se sentó en el sofá.
- Por cierto, bonito sujetador.
Con que sí se había fijado. Que vergüenza… ¿Vergüenza? ¿Yo desde cuando tenía vergüenza? Ante cualquier posible contestación, cambié de tema.
- Son las dos y media de la tarde, ¿tienes hambre?
- Sí, muchísima – cierra el libro y lo deja sobre la mesa – Ya preparo yo algo. Tienes toda la cara de no tener ni idea de cocina.
Tiene razón.
- De acuerdo, ¿y yo mientras que hago?
- Tú siéntate en esta silla, y espera a que el chef haga su trabajo.
Pongo los ojos en blanco, y me siento donde él me dice.
- ¿Cómo pretendes que cocine sino hay comida, Amanda?
- Sí hay comida. En el estante de ahí arriba, hay un montón de latas de despensa.
- ¿Latas de despensa?- dice, mientras se vuelve hacia mí.- ¿Pretendes que cocine con latas de despensa?
- No, pretendo que cocines unos huevos revueltos con jamón- contesto con ironía.
- Aquí hay un par de huevos.
- En fin…
Con la misma, suelta una risita, y se da la vuelta.
Observo como coge una lata de conserva. Lo músculos de su espalda estirados. Los brazos en alto, haciendo que se le suba un poco la camiseta y se le vean los calzoncillos. Sin poder evitarlo, también le miro el culo. Vaya culo.
Después de unos minutos cocinando, Axel se gira hacia mí, con un plato de sardinas en una mano, y un tazón de fabada en el otro.
- Odio la fabada.
- Pues a mí sí me gusta.
¿En serio hay gente a la que le gusta la fabada? Si es la cosa más asquerosa del mundo.
- Creo que solo comeré sardinas.
- ¿Y no me vas a dejar?
- No.
Me mira con mala cara, y se sienta en la silla de al lado mía. Coge la cuchara y la mete en el plato. Podría decirse, que ahora mismo, la cara de Axel es un claro ejemplo de cara de asco.
- En realidad no me gusta la fabada. Es horrible.
- ¿Y por qué la has hecho?
- Para que tú no tengas que comértelas en un futuro. No sé que sería de una persona si se ve obligada a comerse esto. Preferiría morir de hambre a comerme un plato de fabada.
Lo que acaba de hacer, no es nada adorable, pero con este gesto, me doy cuenta de lo mucho que se preocupa por mí. ¿La razón? No tengo ni idea.
- Entonces, ¿te las vas a comer?
- Deséame suerte – dice, mientras me mira con cara de pena.
- Mucha suerte.
Vuelve la cara hacia el plato, y empezamos a comer.
En mi vida me había comido unas sardinas en lata más buenas que esas. Me las comí enteras.
Sin embargo Axel, se dejó medio tazón de fabada.
Después de una expedición por la casa, Axel vuelve al salón y se sienta en el sillón verde mullido, a mi lado. En la mano lleva el libro gordo y negro, lo abre y se pone a leer.
Nunca me he sentido muy encariñada con la lectura. Siempre que intento leerme un libro, acabo dejándolo a la mitad. Así soy yo.
En mi clase, había una chica que siempre estaba leyendo. Cada semana, tenía un libro nuevo que leer, y se pasaba las horas con el libro pegado en las narices. Aunque nos reíamos de ella, siempre le he tenido envidia. No sé, siempre tenía una cara de felicidad impresionante. Como si la vida fuese como en sus libros. Todo magia. Me contagiaba su sonrisa.
Se me pasa por la cabeza, que ahora el cuerpo de esa chica, está en un lugar que ni Axel sabe donde. No está ni muerta ni vida. Igual que ella, también lo están mis amigos, mis padres, mi hermana, mis abuelos… Toda la ciudad. Y no solo la mía. Por ahora unas quince ciudades han sido deshabitadas.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. Parece que Axel se da cuanta, porque levanta la vista del libro, y me mira.
- ¿Tienes frío?
No, no tengo frío, pero tampoco le voy a decir que estoy cagada de miedo. No le pienso decir que por las noches apenas puedo dormir, y que cuando lo hago, solo tengo pesadillas. No le puedo decir que lloro. Que estoy llorando las 24 horas del día, y la explicación que me ha dado sobre todo esto, no va a hacer que no vuelvan las lágrimas. No, no soy fuerte, pero tampoco quiero ser una niña miedosa y llorica, aunque ya lo sea. Pero por lo menos intentaré no serlo delante de él.
- Me aburro.
- Con que te aburres, eh… ¿Jugamos a las 4 preguntas?
- ¿A las 4 preguntas?
- Sí. Yo te hago 4 preguntas y me las respondes, siendo sincera, lo más sincera posible. 4 preguntas serias. Que sean difícil de contestar. Luego, tú me haces otras 4.
- Vale, pero ¿y si lo hacemos por turnos? Una tú, otra yo.
- Mejor, mejor. Eres más lista de lo que pareces.
Ante tal comentario, cojo un cojín y se lo tiro a la cara. Él solo se ríe y me lo devuelve.
- Que violenta… Empiezo yo. ¿Por qué vas desnuda por el bosque?
- ¿Eso es serio? – Axel me mira con una media sonrisa picarona en la boca.- A ver – intento hablar, pero me entra la risa y me ahogo con ella.- La verdad es que es una gilipollez ir por el bosque desnuda, pero quería probarlo. No sé, sentirme salvaje. Ya que no voy a durar mucho, quiero hacer todas las cosas que no he hecho en mi vida.
- ¿Qué no vas a durar mucho? No digas eso, mujer de poca fe. Si estoy aquí, es por algo.
Ahora, sería que lo más lógico que preguntara que por qué está aquí. Pero sin embargo digo:
- ¿Cómo es tu tío?
Axel me mira con cara rara. Tampoco se esperaba que le preguntara eso.
- Es alto, no más que yo. Aunque tenga más de cuarenta años, es fuerte y rápido. Tiene el pelo canoso y revuelto. Facciones muy marcadas. Ojos pequeños y grises, con unas pestañas muy largas. He de decir, que es muy atractivo. A lo George Clooney, viejo pero rompecorazones. Cuando era pequeño, me trató como un padre. Bueno, ahora me sigue tratando como tal, pero ahora soy ante todo, un soldado. Es muy serio, de hecho, pocas veces lo he visto sonreír. Pero no te preocupes, con suerte no lo verás en tu vida.
Abro la boca para decir algo, pero antes de que pueda hablar, sigue él.
- Me vuelve a tocar. ¿Qué haces? Quiero decir, estás sola. La televisión no funciona, no te gusta leer… ¿qué haces para matar el tiempo?
- ¿Has visto la habitación del fondo? Hay un piano. Me paso horas y horas tocándolo. Cojo una partitura de la estantería, y hasta que no suena perfecta, no paro. Hacía años que no tocaba, pero parece ser que una vez que aprendes, nunca se te olvida. También hay un tocadiscos y un montón de vinilos. Y bueno… monto un show de vez en cuando. Canto, bailo, saludo al público… Oye, no te rías, no tengo nada más que hacer.
- Cuando quieras podemos hacer un dueto. Seguro que el público se vuelve loco.
Le miro con cara de pocos amigos y le lanzo el mismo cojín de antes. Axel simplemente, se mea de risa. Tardo poco en unirme a él, y reírme como una tonta. Casi se me había olvidado reír.
- Debería haberme dado cuenta de tus dedos de pianista. Los buenos músicos reconocen a otros músicos.
- ¿Músico? ¿También eres músico?
- Sé tocar el cello, y he compuesto algunas obras, sí.
- ¿Hay algo que no sepas hacer?
- ¿Esa es tu próxima pregunta - ¡No, esa no era mi próxima pregunta!- Sí, hay algo que nunca he podido hacer – dice apresuradamente, para que no pueda decirle nada- Al contrario de ti, no sé bailar. Para nada. Soy un pato mareado.
- Esa no era mi pregunta, tramposo.
- Siguiente pregunta para ti. ¿Me podrías enseñar a bailar?
Bueno, supongo que las 4 preguntas se quedaron en 3 preguntas. Solo 3 preguntas “serias”
- Será todo un honor. Me toca, ¿tienes poderes?
- Sí. Al quitarme la camiseta, hago que las mujeres se desmayen. Niñas, jóvenes, ancianas. Solteras, casadas, divorciadas. Soy un arma letal para esta sociedad.
Que idiota, y que creído. Aunque en realidad, no me importaría comprobar si es verdad eso que dice.
- Lo de las respuestas serias te lo pasas tú por ahí, ¿no?
- Vale, vale. Bueno, puedo “desaparecer” Tú también podrás hacerlo cuando aprendas a controlar tus dos almas.
Espera. ¿Acaba de decir que tiene dos almas? A ver, no lo ha dicho, pero sí lo ha insinuando… ¿No decía que solo había 5 personas en el mundo que tenían dos almas?
Se da cuenta de mi cara de duda, porque rápidamente rectifica lo que ha dicho.
- No tengo dos almas. No soy como tú. Se podría decir que tengo un alma y media, más o menos. Soy más “poderoso” que el resto de los humanos, pero menos “poderoso” que tú, solo que no sabes utilizar tu poder. Enzo sabe de mi poder, por eso me utiliza a mí como su mejor guerrero.
Patidifusa me quedo.
- Y, ¿qué puedes hacer con eso? Y no es mi próxima pregunta.
- Bueno, como es algo importante, no lo contaré como pregunta. Puedo expulsar, por así decirlo, mi media alma. La transporto hasta un lugar, y me puedo materializar en él, o simplemente observarlo.
¿Me habrá observado alguna vez?
- Tú podrás hacer lo mismo – continúa – siempre que tú quieras, claro. Podrás ser mejor que yo, y eso pocas personas pueden decirlo. Así que ahí va mi próxima pregunta, ¿te gustaría que te enseñase a utilizar tus almas?
Eso sí que no me lo esperaba. Se supone que podré teletransportarme, observar lugares en los que no estoy físicamente, y a saber que cosas más. Siempre he querido tener poderes. De pequeña siempre tenía un sueño. Se me solía repetir por las mismas fechas. Por final de verano. Y era, efectivamente, que me teletransportaba a diferentes ciudades, y mientras estaba en una, veía lo que pasaba en otra.
Ahora todo tiene sentido.
- Por favor.
- Perfecto. Dentro de unos días vendré aquí, y te daré las primeras clases – no me imagino a Axel de profesor- Pero ahora me tengo que ir, llevo demasiado tiempo fuera.
¿Qué se va? ¿Tan pronto?
Se levanta, marcando una hoja del libro y dejándolo sobre el sofá.
- Espera, no te vayas. – me mira levantando la ceja- Me falta mi última pregunta.
- Es verdad. Venga, dime.
- ¿Por qué no me mataste?
Eso tampoco se lo esperaba él. Me mira, y se va acercando a mí. Poco a poco. Cada vez más. Y más. Y más. Está tan cerca, que puedo ver mi reflejo en la pupila de sus ojos. Sus preciosos ojos verdes. Se me acelera el corazón, tanto que temo a que se me salga del pecho.
- Porque te miré a los ojos – dice.
Me mira. Sus ojos pasan de mis cejas, a mis ojos. A mi nariz. A mi boca. Y ahí fija la vista. Sin embargo, se retira un poquito. Solo un poquito. Lo suficiente para darme un beso en mi ardiente mejilla.
Yo simplemente cierro los ojos, disfrutando de cada sensación que aparece en mi cuerpo.
- Lee la página que he marcado- me susurra, con los labios aún pegados en mi mejilla.
- Axel…
Pero cuando abro los ojos, ya no está.
Rápido, voy hacia el libro de Bécquer, y lo abro justo donde está señalado.
“Te vi un punto y flotando ante mis ojos
la imagen de tus ojos se quedó,
como la mancha oscura orlada en fuego
que flota y ciega si se mira al sol.
Y dondequiera que la vista clavo
torno a ver sus pupilas llamear;
mas no te encuentro a ti, que es tu mirada,
unos ojos, los tuyos, nada más.
De mi alcoba en el ángulo los miro
desasidos fantásticos lucir:
cuando duermo los siento que se ciernen
de par en par abiertos sobre mí.
Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche
llevan al caminante a perecer:
yo me siento arrastrado por tus ojos,
pero adónde me arrastran no lo sé.”
Parece que al fin y al cabo, sí se esperaba mi pregunta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario