lunes, 6 de mayo de 2013

Dalmer. [Carmen]


Capítulo 4.
No paro de darle vueltas a la idea de que me haya perdonado la vida. ¿Por qué? A saber las razones que tendrá Axel. ¿Cuáles serán las consecuencias? Me imagino a Axel siendo torturado por mi culpa. Muriendo por mi culpa. La idea de que muera por dejarme vivir, me hace estremecer. “A ti te da igual el motivo por el que muera. No quieres que pase y ya está.” No, no quiero que muera por mi culpa. Me da igual si muere por otra causa. “¿De verdad?” ¿De verdad? Me planteo eso mientras atravieso una carretera llena de piedras que sube por la montaña. El paisaje muestras unas vistas impresionantes. Me da la sensación de que he estado aquí antes. Seguro que sí, ya que se supone que estoy a las afueras de Almería (o eso ponía en los carteles de la carretera) y a mis padres les encantaba hacer excursiones en familia cuando aún vivíamos aquí. ¿Les encanta o les encantaba? Esa pregunta no quiero plateármela.
Es curioso que haya acabado en mi tierra natal. No pensaba venir aquí, ni mucho menos. Yo solo andaba todo recto, esquivando a las civilizaciones y a todo ser humano posible.   
Dejo los pensamientos sobre mis padres atrás y vuelvo a centrarme en Axel.
Hace apenas unos días que he estado con él.
Hace apenas unos días que casi muero.
Hace apenas unos días que le he abandonado a su suerte.
¿Desde cuándo pienso solo en él? Es agobiante.
“Eso es que te has enamorado” No, no, no, no, no. NO. No me he enamorado. Me atrae. Está bueno y me ha salvado la vida. Me atrae. Solamente eso. Nada de amor. 
Odio esa vocecilla dentro de mi cabeza. La odio. Siempre me hace picarme. Es realmente odiosa.
Casi sin darme cuenta, subo la montaña, y me encuentro a escasos metros de un cortijo. Un cortijo grande de tres plantas. Más que un cortijo parece una casa solariega.
Sigo teniendo la sensación de que en este sitio ya he estado... 
Se me vienen algunas imágenes a la mente: Jugar en al pilla pilla con una niña bajo el sol de primavera, bañarnos en el río, dormir fuera de la casa en tiendas de campaña…
Ya caigo. Aquí vivían los mejores amigos de mis padres con su hija Andrea. Sí, aquí, en mitad de la montaña. El padre de la familia era una especie de empresario supremo en una empresa ecológica. Amaba la naturaleza, por eso se construyó esta casa, en medio de la nada. Su mujer también la amaba, eran una especie de familia hippie pero sin llegar a tanto. Hippies pero pijos. Más o menos como mi hermana. Su hija Andrea era como sus padres. Íbamos mucho a visitarlos y a pasar los fines de semana con ellos. Yo iba encantada, Andrea se había convertido en mi mejor amiga. Pero, el porqué, dejamos de ir, no lo sé. Supongo que mis padres y los suyos se vieron envueltos en alguna tensión o algo de eso. Recuerdo haberle suplicado a mis padres, entre lágrimas, que teníamos que ir a ver a Andrea. No recuerdo su respuesta, solo un cambio extraño en la mirada cada vez que pronunciaba a aquella familia.
Ya, soy una experta colándome en las casas, así que no me es ningún problema entrar en ella. La casa está tal y como la recordaba, una mezcla de muebles lujosos, modernos y hechos a manos. Aunque parezca mentira, esa combinación pega a la perfección.
Lo único que me apetece hacer ahora, es tumbarme en una cama y dormir. Aunque si tengo pesadillas, como es ya de costumbre, la idea de dormir desaparece. No, no voy a dormir. Voy a darme una ducha. Si es de agua fría mejor.
Subo las escaleras hasta que llego al cuarto de baño. Todo sigue igual. Me quito la ropa y me meto dentro. Abro el grifo y espero. Sigo esperando. Nada. No hay agua. Supongo que me lo tendrá que haber imaginado.
Con la misma, salgo de la ducha y me pongo la ropa. Me he quedado con las ganas de darme una ducha. Recuerdo el río donde Andrea y yo nos bañábamos en verano. ¿Será una locura bañarme en pleno otoño? Desde luego no va a haber agua más fría que esa en ningún lado.

Ando hacia el río. Me encuentro con grandes rocas pertenecientes a la montaña, y entre ellas, está el cauce del río, lleno de agua. Una idea me aparece en la mente. Es una locura, ¿pero que puedo perder? “Tu vida, ¿te parece poco?”
 Me quito la ropa y me entra frío por todo el cuerpo. Aunque parezca mentira, agradezco el frío que siento.
Voy hacia las rocas. Una vez que suba no hay vuelta atrás.
No me lo pienso mucho y subo. Las piedras me hacen arañazos por mi piel desnuda y se me clavan en los pies. Cuando llego a una altura más o menos adecuada, me quedo mirando el río. 
Voy a saltar. 
“¿Estás loca? ¿Y si el río no tiene suficiente profundidad?” Ya no hay vuelta atrás, o salto o me quedo aquí arriba hasta que me dé una hipotermia. “Pues piensa cual de las dos muertes es menos dolorosa” Creo que saltar y abrirme la cabeza con una roca puede ser menos doloroso que morirse de frío.
Realmente, no sé que me ha llevado a subirme a este sitio y querer saltar. Supongo que la idea de desconectar del mundo me parecía lo más correcto.
No lo pienso más, flexiono las rodillas y salto.
Los ojos se me cierran solos y un grito sale de mi boca.
Noto el contacto del agua con mis pies, y poco a poco, con el resto de mi cuerpo, hasta mojarme entera.
Estoy viva.
Viva y con un subidón de adrenalina impresionante.
Ha estado bien, creo que la adrenalina es lo mío.
Dejo el cuerpo muerto y floto en el agua. Supongo que esto estaría bien, vivir en mitad de la naturaleza, desconectada del mundo, bañándote desnuda en un río mientras que los árboles y los pájaros te observan. No tardaré en acostumbrarme.
Esta será mi vida durante mucho tiempo.

Pasan las semanas. Sigo estando en la casa solariega de la montaña de mi antigua mejor amiga Andrea.
Me gusta estar sola. Me gusta la soledad. Aunque de vez en cuando, sigo teniendo mis bajones.
Solo cuando paso mucho frío me pongo ropa. Eso de ir desnuda por el bosque, como Dios te trajo al mundo, está bien. Me hace sentir un animal más.
Ahora mismo estoy en el río, suelo ir una vez al día a tirarme de entre las rocas y bañarme en él. Me parece muy relajante.
Meto la cabeza en el agua. Aguanto la respiración. Cada vez aguanto más. De quince segundos la primera vez, pasé a medio minuto, después a minuto entero y ahora, a minuto y medio. Mi récord.
Salgo del agua, sacando medio cuerpo fuera y tomo una gran bocanada de aire. Cuando abro los ojos, me encuentro a Axel entre las rocas, con una cara de sorpresa. Está lleno de moratones y heridas, y apoya el pie derecho con dificultad. Poco a poco la cara de sorpresa desaparece, y le asoma una sonrisa pícara por la boca.
-         Vaya, vaya. Resulta que escondías unas grandes cualidades bajo la ropa. Desde luego, no me arrepiento de no haberte matado.
Noto la cara ardiendo. Estaré roja hasta la raíz del pelo. Estar desnuda en el bosque está bien, siempre y cuando no te vea nadie.
-         ¿A ti no te han dicho que es de mala educación espiar a las señoritas cuando se están bañando? – suelto de mala gana, como si fuese una niña repipi.
-         Claro que me lo han enseñado, solo que no veo a ninguna señorita por aquí cerca – dice, mientras suelta una risita.
Me encanta su sarcasmo. Me encanta su sarcasmo y me estoy muriendo de vergüenza. Viva.
-         Eres idiota.
-         ¿Así tratas a la persona que te ha salvado la vida? Me esperaba por tu parte una fiesta, con confeti cuando me vieras y un “¡Viva Axel!” saliendo de tu boquita. Me has llevado una desilusión.
-         Oh, lo siento si así ha sido. Tenía la fiesta preparada, pero no te esperaba aquí, de veras. Y menos cuando me estoy bañando.
-         Tranquila, podemos hacer como si esto no hubiera pasado. Yo quiero mi fiesta.
No puedo evitar reírme. La idea de hacer una fiesta con el chaval que casi me mata me parece una locura.
-         ¿A qué se debe tu visita, oh maravilloso Axel?
Al decir esto, una sonrisa de satisfacción le aparece en la cara.
-         Quiero hablar contigo – y al decir esto, la sonrisa se le va – Hablar sobre tu familia. Sobre quien soy. Sobre quien eres. Creo que ya va siendo hora de lo sepas.
Una especie de alegría me recorre el cuerpo. Por fin resolveré algunas de las grandes dudas que tengo. Dónde está mi familia. Quién soy. Para qué me quieren.
-         Me encantaría hablar de eso contigo, pero prefiero hacerlo vestida. No sé, manías mías.
-         Lo que tu quieras, pero a mí no me molesta que estés desnuda.
Pongo los ojos en blanco, mientras le digo que se vaya.
-         Lo que usted me pida, “señorita”- dice mientras que hace una reverencia.
Acto seguido, se da la vuelta y se va yendo hacia los árboles. Veo que cojea con el pie que no podía apoyar bien. Supongo que ese ha sido uno de los castigos que le han dado por dejarme ir. Lleva una camiseta verde muy ajustada, que marca todos los músculos de su espalda.
Me salgo del agua, y voy hacia donde he dejado mi ropa. Suerte que hoy llevaba.
-         No mires, eh.
-         No miro - dice, sin mirar atrás, después de soltar una carcajada.

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