miércoles, 15 de mayo de 2013

Dalmer [Carmen]



Capítulo 9.

-         Cuéntame algo sobre ti.
Axel y yo caminamos por el aristocrático parque Monceau. Los rayos de Sol pasan entre las columnas que bordean el lago, reflejándolos en las aguas cristalinas. Los árboles presentas los colores marrones y naranjas típicos del otoño, sin apenas dejar rastro de las preciosas hojas que florecieron en sus ramas en primavera. Los turistas pasean por el parque, se tumban en el césped y hacen fotos a todo lo que se movía. Una estampa realmente preciosa.
-         Amanda, te estoy hablando a ti.
Desde que salimos del estudio, no paraba de mirar todo con un gran asombro. París es impresionante, y aunque Axel también lo es, prefiero prestarle más atención a la ciudad.
-         Ya sé que me estás hablando a mí.
-         ¿Y no me contestas?
-         No, lo siento.
Todavía tengo en la boca la mezcla de sabores dulzones y salados de los dos platos de mugré de pato y los tres de tarta de chocolate que me había zampado en el exquisito y carísimo restaurante donde me había llevado Axel.
Todavía siento la mirada de repugnancia de la mujer rubia de bote con ajustada ropa de Channel de la mesa de enfrente al verme comer con tanta ansia.
Todavía escucho la risa de Axel ante tal panorama, cosa que hacía que la mujer rubia de bote nos mirara a los dos con mayor repugnancia aún.
-         Miles de mujeres desearían estar en la ciudad del amor conmigo, ¿y tú no aprovechas la oportunidad? Que decepción Amanda.
-         Que pesado que eres, si tanto te aburres vete, yo voy a seguir paseando por aquí sin decir ni una sola palabra.
Ante tal comentario inesperado para Axel, me echa una mirada dubitativa. Por un momento pienso que se iba a dar la vuelta y dejarme sola, pero finalmente suelta un suspiro y sigue andando al frente.
-         No te vas a librar de mí tan fácilmente, pequeñaja.
Lógicamente, eso me hace sonreír como una retrasada subnormal.
A lo lejos, veo un grupito de chicas de más o menos mi edad, solo que mucho más altas, guapas y tetonas. Mientras que siguen caminando hacia delante, sueltan risitas y miradas de coqueteo a Axel. Lo que faltaba, vaya. Parece que no se dan cuenta de mi presencia hasta que casi se abalanzan sobre Axel. Una mirada envidiosa surge de cada una de ellas. A mí, sin embargo, me encanta ser el objeto de envidia de unas furcias francesas.
Haciéndome un caso ínfimo, se acercan a Axel, y le dicen algo en francés. Este suelta una carcajada, me mira y niega con la cabeza. Fijo que le han preguntado si somos novios. Vaya unas guarras.
Para mí sorpresa, las chicas ponen cara de decepción y se van, no sin antes mirarme otra vez con la envidia contenida.
-         ¿Esto te pasa constantemente o es que esas chicas estaban desesperadas?
-         No puedo salir a la calle sin que esto pase. No sabes lo duro que es.
-         Pobre Axel, debes de sentirte mutilado.
-         Ni te lo imaginas.
Le miro con ironía y este se muerde el labio, con una cara de preocupación claramente fingida. La próxima vez que haga eso, creo que no voy a poder contenerme.
-         ¿Y qué querían las enanas desesperadas?
-         Tenían más o menos tu edad y eran mucho más altas que tú y eso que llevas tacones, ¿dónde ves tu enanismo? Que celosa que eres.
-         ¿Me contestas a mi pregunta?
-         Me han preguntado que si les podía dar el teléfono. Como tu comprenderás, intentar ligar en una cita y que no sea con tu cita, es lo más perro de este mundo, así que les he dicho que no.
¿Cómo?
-         Espera, espera, espera, ¿has dicho que esto es una cita?
-         ¿Y qué es si no?
-         Todo menos una cita. ¿Te recuerdo que estamos huyendo de un loco que quiere dominar una nueva especie humana extrayéndome las dos almas y fundiéndolas en una?
-         Te he comprado una ropa preciosa, te he llevado a un restaurante carísimo y estamos paseando por uno de los parque más bonitos de París, ¿tú qué crees que es esto?- dice, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
-         Ser amable.
“¿Axel amable? Amanda, que ingenua eres”.
-         Podría proponer este plan a cientos de chicas y todas me dirían que sí, ¿por qué eres tan desagradecida?
¿Desagradecida? ¿Pero de qué va este flipado? Que sea un cabrón sí, está bien, pero todo tiene un límite y Axel ya lo ha cruzado.
- Eres un motivado de mierda. Corre, vete a pedirle a las chavalas esas que follen contigo, seguro que aceptan. ¡Haz una orgía de paso! Oh sí, que buena idea. Así todas podrán adorar al magnífico Axel. Dios divino del olimpo. Belleza ingrata. Cuerpo de infarto. Con suerte un día de estos te pasan el VIH. Gilipollas.
Montar numeritos es lo que mejor que se me da. Miro por última vez a Axel, que está con la cara descompuesta, y sigo hacia delante. Cuanto más lejos esté de él, mejor.
-         Vamos Amanda, no te pongas así- escucho desde atrás mía.
Rápidamente me alcanza y me coge del brazo, deteniéndome.
-         Parece ser que tienes más coeficiente intelectual que el resto de chicas con las que intento ligar y te has dado cuenta de que soy un capullo, ¿no es así?
-         Si intentas ligar conmigo de esa manera, mal vamos.- respondo, con la mayor dureza posible en mi voz.
“Que mentirosa, ya te tiene enamorada”
Oh, vamos, cállate.
-         Venga, perdóname.
-         Eres un capullo.
-         Tienes toda la razón- reconoce, asintiendo con la cabeza.
-         Y un flipado.
-         Totalmente de acuerdo.
-         Y un gilipollas
-         Bueno…
-         Y un idiota- continúo, sin dejarle hablar.
-         Vale ya, ¿no?
-         Y un chulo de mierda.
-         Amanda…
-          Y un payaso- empiezo a decir, pero antes de terminar, Axel me coge en peso y me pone sobre su hombro, como si de una bolsa de patatas se tratase.
Intento escaparme de sus brazos sin ningún éxito. Primero con puñetazos, luego con patadas y final mente gritándole en la oreja.
-         ¡Axel, bájame! Que tengo vértigo. ¡Suéltame, por favor!- le digo, mientras que pego más patadas al aire.
Los turistas nos miran. Algunos sonriendo, otros horrorizados y otros sacándonos fotos que probablemente subirán a Tumblr o Instagram bajo el título de “Paris lovers”. Si ellos supieran.
-         ¿Vértigo? ¿También tenías vértigo cuando saltabas desde unas rocas al río totalmente desnuda?- contesta entre risas, mientras que se va a acercando al lago conmigo acuestas.
-         ¡Axel, por Dios, bájame!- ni puto caso- ¡Eh, no te acerques tanto al lago!
Cuando empieza a hacer el amago de tirarme al agua, una patada mía le alcanza en el pecho, tirándole al suelo y arrastrándome también a mí tras él. Mis manos apoyadas en el césped es lo único que me aparta de romperme el cuello y de chocarme con la cara de Axel.
Ahora esta es la imagen: Axel tumbado en el césped y yo tumbada encima de él a apenas unos centímetros de su boca.
-         ¿Me perdonas ya?- apenas las palabras salen de él, más bien solamente mueve los labios.
En realidad no ha pasado nada por lo que pueda perdonarle. De hecho, casi me tira al agua. Pero la manera con la que sus ojos me miran y su corazón late bajo su pecho, hace que quiera perdonarle de todo lo que me ha podido hacer.
-         Eres idiota.- pero esta vez no lo digo como un insulto. Parece que Axel lo nota porque me muestra una gran sonrisa.
-         Me podría quedar así todo el día, pero en París esto es escándalo público y la policía no tardará mucho en venir.
-         Pues será mejor que nos levantemos.

-         ¿A dónde quieres ir, señorita?
Nos habíamos sentado en un banco del parque. Estábamos comiendo palomitas recién hechas de un puesto que no tenía pinta de ser legal. Aún así las palomitas estaban de vicio. La puesta de Sol se cernía ante nosotros. Los últimos rayos hacían que el cielo tuviera colores naranjas, amarillentos y rosados. En otras circunstancias, habría pensado que estar tomando palomitas en un banco de el parque Monceau en París con un buenorro viendo la puesta de Sol era lo más cursi del mundo, pero cuando estás tanto tiempo sin tener compañía, cualquier cosa te es válida.
-         Tengo entendido que la noche de París es alucinante.- suelto con una indirecta muy directa.
-         Así es. Todos los monumentos se iluminan perfectamente…
-         Axel, sabes que no me refiero a eso.
Lentamente, gira la cabeza hacia mí, con esa estúpida y sensual sonrisa. Bajo los pocos rayos de Sol, su pelo parece más pelirrojo que nunca y sus ojos de un verde más intenso.
-         Oh Amanda, prepárate, porque te voy a llevar a las mejores discotecas en las que has estado nunca y probablemente no recuerdes nada mañana.- dijo, con esa típica sonrisa suya aún en los labios. 

sábado, 11 de mayo de 2013

Aldemond [Ana, Cristina y María]


                                                                                  CAPÍTULO 5.


- Hace tiempo dos hombre, dispuestos a cambiar la sociedad, a hacer al hombre más fuerte, invencible por decirlo de algún modo, empezaron a hacer mutaciones genéticas. Todo el mundo e incluso sus propias familias les tomaban por locos. Para demostrar que no lo estaban decidieron probar con ellos mismos y bueno, al principio todo salió bien, pero después empezaron a probar con más personas y algunas de ellas no aguantaban tal cambio en su genética, se convertían en verdaderos monstruos y al cabo de días terminaban muriendo. Entonces descubrieron que determinada gente aguantan más que otras, esos eran los que se hacían más fuertes y terminaban viviendo. Pero claro, esto no se sabía hasta que no se les hubiese cambiado el ADN y tenían el riesgo de morir. Pasado un tiempo en el ojo se hacía una pequeña mancha en forma de triángulo, como este- Lo dijo mientras se señalaba el ojo- a unos les sale a antes que a otros pero cuando tienes veinte años es muy probable que ya la tengas. Uno de estos hombres vio que seguir probando con personas inocentes era una atrocidad terrible y se reveló contra el otro. Paso el tiempo y el hombre que se reveló Richard Gentle tuvo dos hijos, este se dio cuenta que de que su hijo mayor también tenía la marca en el ojo pero el pequeño no, llegó a la conclusión de que las mutaciones se transmitían en los genes pero si tenías más de un hijo solo le tocaría al mayor. Richard decidió ir a hablar con su antiguo compañero para que parase de hacer mutaciones pero este no le hizo caso a sí que no tuvo más remedio de que todo lo que había sido creado tenía que ser destruido y las personas buenas que habían sido mutadas, tenían que estar escondidas. Pasaron años y encontraron una pequeña isla en el Pacífico, no habitaba nadie y allí se quedaron. Decidieron llamarla Aldominum y a las mutaciones aldemonds. Nosotros somos los aldemonds. Richard decidió hacer una barrera de invisibilidad y lo consiguió, al igual que hizo como una especie de portales para llegar hasta allí, repartidos dos por cada continente. Uno de ellos está en casa de Gladis, ya sabes porqué estábamos aquí.- Después siguió su relato- Parecía que trabajaba con magia, todo lo que pensaba o imaginaba lo tenía que realizar y así fue como consiguió hacer Aldominum. Poco tiempo después de que muriese Richard nos enteramos de que todavía siguen vivas las malas mutaciones y nosotros los aldemonds tenemos que terminar con ellas, pero son demasiadas y se están metiendo en las ciudades para secuestrar personas y hacer más, con el fin de dominar todo el mundo. Gladis ahora mismo está al mando de que esto no suceda, ella dirige en estos momentos Aldominum. Ella es la nieta de Richard.
Ravenscar, el chico del callejón, era una mutación, a estas las llamamos los Uglos.- Cuando terminó de contar esto se hizo un silencio.
- Carol, tu eres un Aldemonds, tienes la marca en el ojo- añadió- ¿Cuál de tus padres tiene la marca? O, ¿quizás la tienen los dos?


- No la tiene ninguno- dije en un susurro.


- Qué cosa más rara.- dijo.

 

- Espera. – digo sobresaltada. - ¿Has dicho Gladis? – pregunto todavía más sobresaltada.

 

- Sí. ¿Por? – pregunta él un poco pérdido.

 

- Gladis es mi tía. Pero…  Ella está muerta.

 

- No sé, no creo que fuese tu tía, si no te lo habría dicho.

 

- No ves que todo encaja, todo tiene sentido. Además si no fuese mi tía no estaríais en su

antigua casa.

 

Comienzo a pensar, ahora lo del ojo tiene sentido, es decir, mi tía, Gladis no tenía hijos por tanto pienso que quizás yo lo tenga porque soy su sobrina mayor. Se lo digo a Jason. Él está dudoso, no sabe si creerme porque dice que no es posible que se transmita si soy su sobrina. Pero si de verdad Gladis resultase ser mi tía, suponemos que debía de saber algo acerca de mi mancha. Así que decidimos ir a verla.

Llegamos a la casa, estoy un poco asustada. Veo a todos los chicos del otro día cuando atravieso un oscuro pasillo. Me miran con mala cara.

 

-Carol, ignóralos no saben que eres aldemond.

 

- Lo intentaré. Nota que estoy nerviosa. Me aprieta la mano y me entrelaza sus dedos entre los míos mientras que me sonríe, yo le devuelvo la sonrisa. Entramos a una oscura habitación iluminada únicamente por la llama de una vela situada en la mesa del escritorio.

 

- Gladis, te he traído a una muchacha que dice ser tu sobrina. Ella se da la vuelta lentamente.

 

- ¿Y cómo se llama? – dice mientras acaba de darse la vuelta.

 

- Caroline Lestran. – responde Jason fríamente.

 

Nos puedes dejar solas Jason. Se va y me deja con mi tía. La reconozco aunque está bastante cambiada. No hay duda es ella. Tiene la piel blanca y el pelo castaño con destellos rubios, la cara se le ve más arrugada.

 

-¿Qué te trae por aquí, chiquilla?

 

- Gladis, no me hables así. Sabes perfectamente quién soy.

 

- Sí, eres mi sobrina. ¿Y?

 

- ¿Y? Eso es lo único que se te ocurre después de que hayamos pensado durante cinco años que habías fallecido.

 

- ¿Por qué has venido?

 

- Porque todos los años en los días próximos a mi cumpleaños me ocurren unos sueños muy extraños en los que tú apareces, me está saliendo un extraño triángulo en el ojo; qué ninguno de mis padres tiene, me han explicado todo lo de los aldemonds; los Uglos, Richard Gentle y toda su familia a la que tú perteneces y por tanto yo también. Me suceden cosas muy extrañas y por eso vengo.

 

- Si ya sabes todo eso, que solucionas contándomelo.

 

- Quería saber si mi tía estaba viva. Si podía confiar en alguien más aparte de Jason.

 

- ¿Y por qué piensas que puedes confiar en mí?

 

- Porque eres mi tía y para mí has sido como mi madre, siempre has estado pendiente de mí. No entiendo el por qué te inventaste una falsa muerte. ¿Para alejarte de mí? -Y si es en ese caso, ¿por qué? – estaba a punto de llorar.

 

- Me invente todo eso para proteger mi identidad. Soy la nieta de Richard y estoy al mando así que no podía mantenerme a la vista durante tanto tiempo. Y ahora dime, ¿quieres ayudarnos a acabar con los Uglos?

 

- Claro que sí. – conteste mientras ella se acercaba a darme un abrazo.

 

Salimos de la habitación y en el mismo salón donde estuvimos hace un par de días, puedo ver a todos los chicos del otro día entre los que observo que está Jason. Mi tía comienza a decir que me he unido a ellos, que soy un Aldemond pero no menciona nada de que sea su sobrina. Se abre la puerta y entran Marco y Aéris.

-¿Qué hace ella aquí? – pregunta Marco.

 

- Es una aldemond.

 

- ¿Ella? – dice Aéris sorprendida.

 

- Sí, ella.

 

Mi tía acaba de hablar y se vuelve a su despacho, no parece la de antes. Es tan fría y calculadora, no me ha preguntado ni por mi madre. Me he quedado sola veo que Jason está hablando con un grupo de chicos y nadie se ha dado cuenta de qué estoy sola. Me siento en el sofá marrón del salón y veo que Marco se aproxima hacia mí.

- Carol, ¿sabe Mirla algo acerca de esto?

 

- No vine sola.

 

- No puedes contárselo, sería muy peligroso. Nos podría poner a todos en riesgo.

 

- No lo haré.

 

Me alejo del sofá, no quiero hablar con Marco. Me alejo a una pequeña sala que hay cerca del despacho de Gladis y descubro una foto en la que salimos Aéris y yo de pequeñas con ella. Sé que es ella porque me acuerdo perfectamente de ese día. Escucho que Gladis está llamando a alguien.

 

-Ha venido a mí. – dice Gladis.

 

No consigo escuchar al que está al otro lado del teléfono.

-¿Sospecha de ti? ¿Has hecho algo raro en todo este tiempo?

Estoy nerviosa, no sé si puedo confiar en Gladis, aunque a lo mejor no es nada malo. De repente entra Jason por la puerta.

 

-¿Qué haces aquí? – Llevaba buscándote un rato. Vamos, te llevaré a tu casa.

 

- Vale. – dije intentando evitar su pregunta.

 

Me lleva a mi casa, cuando entro mi madre estaba despierta pero no me dijo nada, supongo que sería porque era el día de mi cumpleaños.

- Hasta mañana mamá. Me voy a la cama.

 

- Hasta mañana cariño. – me respondió ella un poco nerviosa.

 

Me puse el pijama y me acosté, empecé a pensar, no ha sido de mis mejores cumpleaños, pero no ha estado mal. Por lo menos he descubierto bastantes cosas. Todavía me pregunto qué haría esa foto allí, y porque Aéris me dio ese collar si estaba en casa de mi tía, o a lo mejor mi tía le dijo que me lo diera. Me quede dormida y no pensé más.

 

                                                            

 

 

Dalmer. [Carmen]


Capítulo 8

Cuando me despierto, lo primero que veo es el techo blanco e impecable.
Lo último que recuerdo es coger la mano de Axel y desvanecerme de una misteriosa manera. 
Me incorporo, y me doy cuenta de que estoy tumbada de una cama de matrimonio con sábanas negras y una colcha con estampados imitando a un periódico. Minimalista. Desde esta nueva perspectiva, puedo observar mejor la habitación. Es enorme, y para mi sorpresa, poco decorada. Un sofá gigantesco y negro encabeza la habitación, delante de una televisión plana. Un poco más a la izquierda, una cocina que juega con los colores blancos y negros y una mesa grande de cristal rodeada de sillas con tapicería de cuero blanca y negra. Al lado de mi cama, hay un armario empotrado y una mesita de noche. Nada más. Un estudio minimalista. Me percato de que se escucha el agua caer, como si se estuviesen duchando, entonces me doy cuenta de que hay una puerta negra junto a la cocina. Un baño. Un baño donde Axel se está duchando. Desnudo. La idea de entrar y de pillarle infraganti es bastante tentadora. 
Aún tumbada en la cama, me doy cuenta de algo que no había visto, algo que había mirado pero no había visto. Una enorme terraza al lado de la cama. 
Me levanto y me dispongo a observar las vistas que hay desde el estudio. Lo primero que siento al salir, es el viento helado golpear en mi cara. Lo segundo que siento es estar en el paraíso. Unas vistas impresionantes se muestran ante mí. 
La enorme avenida con árboles enfrentados delante de la carretera, me deja sin habla. Un montón de tiendas de lujo se hallan en la avenida. Tiendas que se quedarían sin ropa si tuviera dinero para comprar la impresionante ropa que venden. Al final de la avenida, hay un arco enorme y blanco, un arco romano. La ciudad se cierne alrededor suya. Puedo distinguir un río con puentes a lo lejos. Un mezcla de edificios modernos y clásicos de una belleza enorme. Una torre de hierro tan alta que roza las nubes. 
La torre es la Torre Eiffel, el arco es el Arco del Triunfo, la avenida son los Campos Elíseos y yo estoy en París. París. Estar en París siempre ha sido mi sueño. La ciudad de la moda. La ciudad del amor. París. ¿Será un sueño? Espero que no lo sea. 
- Por fin se ha despertado la bella durmiente.
Cuando casi ya estaba convencida de que no era un sueño, giro la cabeza y veo a Axel con el pelo mojado, el torso desnudo y una única toalla que le tapa la cintura (y lo que hay sobre ella). Definitivamente es un sueño. Sin que me vea, me pego un pellizco en el brazo para ver si esto es real. Lo es. 
- Venga Amanda, sé que mi esbelta figura te ha dejado sin habla, pero intenta decir algo. 
- Que creído te lo tienes. 
Con una risita, entra en la terraza, como si el frío o el hecho de que esté medio desnudo a la vista de todo París no le importara. 
- ¿No te va a dar frío? – pregunto, para romper el hielo.
- No, tranquila, tengo un cuerpo de hierro. Además, quería probar como te sentías al estar desnuda en medio de la civilización. ¿Te importa si me quito la toalla? 
Sin quererlo, me pongo roja como un tomate y le pego un puñetazo en el hombro. Lo único que hace Axel es soltar otra de esas risitas suyas que me vuelven loca. 
- Antes de que te quites la toalla, ¿me vas a decir donde estamos?
- En París.
- No me digas. 
Se gira hacia mí y me mira de arriba abajo, y después de unos segundos eternos dice:
- Deberías ducharte, hueles a perro muerto.
Muy guapo, muy sexy, muy tierno, pero también muy gilipollas.
- ¿Dónde estamos?
- Este estudio se lo regaló Enzo a una de sus ex mujeres por regalo de cumpleaños.
La idea de que alguien se casara con Enzo me producía arcadas.
- ¿Y ahora donde está?
- Muerta.
Tragué saliva. La dureza con la que había dicho esas palabras, delató que él tenía algo que ver con su muerte. 
- ¿Qué le pasó?- pregunto, aunque ya me sospecho la respuesta.
- Enzo me pidió que la matara. Así fue.
Que era un asesino no era algo que no me debería de sorprender, pero sin embargo, lo hace. Ese chico tan sumamente perfecto, escondía una oscura identidad. Un asesino en manos de su tío. Aunque siempre me he sentido segura a su lado, ahora me siento un poco asustada. ¿Y si cambia de planes y me delata? ¿Y si todo esto es un plan? ¿Y si esa apariencia de perfección es fingida? Aunque una parte de mí piensa eso, la otra gran mayoría me dice que no me asuste, que con él estoy segura. Espero que sea verdad.
- Debería de ducharme. De hecho, estoy deseando ducharme.
- Si te doy un consejo, mejor date un baño. No soy yo el que paga el agua. 
Le dedico una sonrisa y salgo de la terraza, mientras que Axel se gira hacia mí.
- ¿Ves esa bolsa blanca de tela? Ahí tienes todo lo que necesitas para ponerte guapa. Me he aventurado un poco en comprarte la ropa interior, pero con el tiempo que te he estado observando me ha sido suficiente para averiguar tu talla de sujetador. 
Con cierta sorpresa, abro la bolsa blanca. Dentro me encuentro de todo: una máquina de depilación, maquillaje, una plancha de pelo, un conjunto de sujetador y bragas de encaje muy provocativo… Y ropa. Ropa de verdad. Un jersey de lana azul por abajo, que se va aclarando poco a poco hasta ser blanco y llegar al cuello; unos pantalones vaqueros de pitillo un poco desgastados; una gabardina beis, y unos botines de tacón negros con tachuelas. El conjunto más impresionante que he visto en mi vida.
- Cierra la boca que te entran moscas. 
Estoy impresionada. Acabo de añadir “buen gusto” en la lista de cualidades de Axel.
- Muchas gracias.
- Sería un delito estar en París y llevar esas pintas. Venga, arréglate rápido que te invito a comer. 
Con un nuevo agradecimiento en los labios, cojo la bolsa de tela y me voy al baño.
Me iba a dar un baño de verdad, iba a tomar una comida de verdad, iba a llevar ropa de verdad, estaba en París y estaba con Axel. Parecía demasiado perfecto para ser real.
Me deshice de mi ropa sucia y la arrojé a un rincón. La bañera ya estaba llena de agua caliente, ardiendo. Necesitaba meterme ahí dentro.
Metí primeros las piernas, notando como el calor subía por ella, y poco a poco fui bajando el cuerpo hasta estar totalmente metida en la bañera. Cerrando los ojos, me sumergí, disfrutando del contacto del agua caliente en mi cara, en mi cuerpo. 

No sé cuanto tiempo llevo en la bañera. Quizás segundos, quizás minutos, puede que horas. 
- Amanda, ¿te has muerto?- dice Axel, detrás de la puerta.
- Sí
- Iré preparando el funeral.
Me rió, más de lo que se merece el comentario. ¿Por qué? No lo sé.
- Llevas más de una hora ahí dentro, date prisa que me estoy muriendo de hambre.
- Ya voy, solo me queda salir de la bañera.
Axel suelta un suspiro impaciente ante cualquier tipo de respuesta.
Al salir de mi paraíso con forma de bañera, me miro al espejo.
Quedan pocos restos de la chica guapa que solía ser. Unas enormes ojeras debajo de los ojos, delatan mis pocas horas de sueño. La cara la tengo muy chupada debido a los kilos que he perdido, casi se me notan las costillas, y apenas hay rastro de mis caderas. Tan bajita como soy, y con este cuerpo tan flacucho, con una bocanada de viento podría salir volando. Parezco un mono, tengo todas las piernas llenas de pelos, por no hablar de las ingles, las axilas, el bigote y las cejas. Definitivamente, no ha restos de la chica guapa que solía ser. 
Enchufo la máquina depilatoria y me pongo manos a la obra. Con suerte, podré ser de nuevo una chica en unos minutos. 

Cuando salgo del baño, Axel me espera impaciente sentado en el sofá. 
- Dios, ya era hora…-empieza a decir, pero se queda a medias cuando me ve. No sé si será por mi cara sin ojeras, mi pelo liso o el tipito que me hacen estos pantalones, pero Axel se queda sin habla. Me hecha una mira con ¿deseo? Sí, esa puede ser la palabra. Me desea. Estoy segura.
- Ahora el que se ha quedado sin habla con mi esbelta figura eres tú. Di algo, anda.
- Aunque lleves unos taconazos, te saco dos cabezas y media.
Sí, venga, cambia de tema.
- Eso es porque soy una enana.
- Eres una pequeñaja realmente sexy- dice con una sonrisa picarona en la boca. 
Le devuelvo la sonrisa y él suelta su risita. Este tonteo no es normal. 
- Vámonos, pequeñaja, que me muero de hambre.
- ¿A partir de ahora me vas a llamar así siempre o qué?
- Sí, ahora para mí eres pequeñaja. Mi pequeñaja.

jueves, 9 de mayo de 2013

Dalmer. [Carmen]


Capítulo 7.

Ha pasado una semana desde que se fue Axel.
Ahora me paso las horas muertas leyendo. He leído más en esta semana que en toda mi vida. No era que no me gustara leer, es que no había encontrado el libro adecuado, y resulta que el libro adecuado fue El Viaje Al Centro de La Tierra de Julio Verne. No sé si es porque es una historia de lo más original, o porque el protagonista se llama Axel. Lo gracioso es que ese libro me lo mandaron leer hace dos años en el colegio, pero no me lo leí por pereza pura y dura. Lógicamente, suspendí el examen.
Ahora, mi afición a la lectura hace que casi no haga nada más que zamparme los libros. De hecho, no he salido de “mi casa” estos días. El poco tiempo que me queda, lo aprovecho tocando el piano o durmiendo. Aunque las pesadillas sean lo único que vea en sueños.
Mi segunda alma, no ha vuelto a dar señales de vida. A lo mejor, después de lo que dijo Axel, se esfumó de mi cuerpo o algo. Con suerte, ahora seré una persona normal. Con suerte, ya no tendré que morir entre terribles sufrimientos y poner a Axel en peligro. Aunque lo más probable es que siga aquí y no me esté dando más la tabarra.
Ahora mismo, podría estar leyendo, perfeccionando Claro de Luna de Beethoven con el piano, o incluso haciendo el idiota bailando y cantando alguna canción de Elvis; pero no, ahora mismo estoy frente al espejo, mirándome a mí misma a los ojos como una tonta. ¿Tan impresionantes son mis ojos que me han salvado la vida? Son unos ojos marrones, normales y corrientes. Bueno, son un poco más claros, e incluso si los pones al sol, puede parecer hasta un poquito dorados, ¿pero pasa algo más con ellos? Si comparamos mis ojos con los de Axel, son como… mmm… Bueno, no se pueden comparar. Los ojos de Axel no son de este mundo.
Siempre he envidiado los ojos azules de Eli, mi mejor amiga. De un azul casi blanco, con un aro más oscuro bordeando el iris, y con puntitos verdes cerca de la pupila. Impresionantes. Entre eso, y el cuerpazo que tenía, se llevaba a los tíos de calle.
¿Por qué hablo de ella en pasado? No está muerta. No del todo.
Me sigo mirando al espejo, no sé exactamente durante cuanto tiempo, y vuelvo al sofá verde mullido a seguir con Muerte en el Nilo de Agatha Christie.
Me llama mucho la atención la criminología, tanto, que cuando hubiese terminado el instituto, la hubiese estudiado en la universidad. Si aprobaba la Selectividad, claro.
Casi sin darme cuenta, me termino el libro. ¿Cómo era posible? Si me quedaba más de la mitad y me acababa de sentar. La magia de la lectura. He sido tonta por no haber leído nunca antes. Cuando vea a Axel le daré las gracias.
Me levanto del sofá, rumbo a la estantería pequeña ya sin polvo. ¿Qué libro cojo ahora? Cogería el siguiente de Christie, pero me apetece variar un poco de género. Mmmm… ¿poesía? No, ya lloré suficiente con los poemas de Bécquer. Soy una maldita cursiolona. ¿Ciencia ficción? No quedan, me he leído todos. ¿Fantasía? Los que había de Laura Gallego me han encantado, seguro que eran de Andrea, porque no eran unos libros muy extensos. Pero no, hay que variar un poco. Me fijo en autor, Edward Allan Poe. Creo que “estudié” sobre él en literatura… Ah, sí, uno de los mejores escritores de terror. Creo que estará bien. Cojo el libro, que tampoco es muy gordo.
Me vuelvo a sentar en el sofá, y abro la primera hoja, dispuesta a chillar de terror con todas y cada una de las páginas.
Cual es mi sorpresa, que en la primera hoja hay una dedicatoria.
Una dedicatoria con unas letras muy decoradas. Una dedicatoria que pone:
“Para mi gran amigo Enzo”
Dejo caer el libro al suelo, como si me quemara. ¿Enzo? ¿MI GRAN AMIGO ENZO? Que yo recuerde el padre de Andrea se llamaba Gabriel.
El corazón me late a cien por hora.
Sería muy mala suerte el hecho de que ese fuera el Enzo que me quiere fusionar el alma.
Y de todas maneras, ¿qué hace aquí un libro de ese hombre?
No, no, no puede ser.
O sí.
Me entra el pánico.
No puede ser.
Me levanto lo más rápido que puedo del sofá, y me pongo a buscar por todos lo cajones de la casa. ¿Qué? No lo sé.
En uno de los cajones del dormitorio del matrimonio, encuentro algo que hubiese preferido no encontrar.
Una fotografía en la que salen Andrea con unos 3 años, sus padres, y un hombre con el pelo canoso y desaliñado y los ojos muy grises.
Sin saberlo, deduzco que ese es Enzo.
El pánico se vuelve a apoderar de mí.
¿Qué relación tienen Enzo y esta familia?
Tengo que salir de esta casa. Tengo que salir de esta casa. Tengo que salir de esta casa.
Es lo único en lo que pienso.
Bajo corriendo las escaleras, en busca de mi mochila. La lleno de la poca ropa que tengo y de unas cuantas latas de despensa.
Cuando estoy apunto de salir por la puerta, veo una nota encima de la mesita del salón.
Juraría que no había nada ahí hace unos minutos.
Con las piernas temblándome, me acerco a la mesa, y leo la nota.
“Querida Amanda, sé dónde estás y no tardaré en encontrarte. Una pena que no sepas utilizar tus poderes.
Fdo: Enzo”
Mierda.
Me va a encontrar. Me tengo que ir lejos. Muy lejos.
Pero ¿cómo?
Intento que mi segunda alma salga de mí. ¿Cómo coño se hace esto?
Amanda, no pierdas la calma.
Llamaré a Axel, el sabrá que hacer.
Joder, ¿cómo?
El dijo no se qué de que podía llamar a otras personas con su media alma, ¿no? No, a lo mejor me lo he inventado.
Bueno, aunque sea cosa de mi imaginación, intento hacer algo. ¿El qué? Ni idea.
Segunda alma, si es tan amable de dar señales de vida, me sería de mucha ayuda.
Segunda alma, estás dando siempre el coñazo y ya no apareces. QUE TE DEN POR CULO.
Amanda, contrólate.
Segunda alma, por Dios, por la Virgen y por todos los Santos del cielo, ¿me quieres hacer caso?
Nada. NO HAY NADA. JODER.
No aguanto más y grito.
Grito por todo. Por las semanas que he estado sola. Por mi familia y amigos que no está ni vivos ni muertos. Por mi segunda alma que no aparece. Por mi desesperación de no saber que hacer.
Las lágrimas me caen solas por las mejillas.
“No me gusta que me llames segunda alma. Soy tan primera como la otra” ¿Hacía falta que me pusiera así para que me hicieses caso?
“No, pero es que me gusta joderte” Que te follen.
 “Que desagradable eres, ¿quieres que llame a Axel o no?” Pues claro.
“Vale, pero tienes que colaborar, eh”
Aunque no sé que hacer, se supone que sí sé. Quiero decir, que no sé como lo hago, pero consigo que mi otra alma salga de mi cuerpo. O eso me parece a mí.
Visualizo a Axel. Está en una habitación, supongo que en su habitación. Es pequeña y con las paredes blancas e inmaculadas. No como las mías, llenas de pósters y garabatos. Solo hay una cama, un armario, un escritorio, una estantería enorme y su violonchelo. Está tumbado en la cama. Leyendo, como no.
Lo llamo.
Mi voz no suena en la habitación, sino en su cabeza.
Se levanta de la cama y mira a todos lados, como buscándome.
Ahora digo: Axel, soy Amanda. Necesito que vengas urgentemente.
Sigue con la cara de sorpresa, pero sin pensarlo dos veces, cierra los ojos, y desaparece.
Ahora lo tengo delante de mí, todavía con la cara de sorpresa.
-         ¿Cómo has hecho eso?
Antes de decir nada, más que nada porque me duele la garganta del grito que he pegado, le doy la nota de su tío.
La lee, y se pone blanco, con una expresión de preocupación impresionante.
-         ¿Qué hacemos? – digo, con cierta desesperación el la voz.
No contesta. Sigue mirando la nota.
-         Axel, por favor, dime que hacemos ahora. – insisto.
Sigue mirando la hoja.
-         Joder, Axel, ser misterioso es muy sexy, pero en estas ocasiones no.
Ya es cuando levanta la mirada de la nota, y me mira a los ojos. Y aunque parece que va a decir algo muy importante, dice:
-         Soy sexy las 24 horas del día. Haga lo que haga.
-         Axel.
-         Vale, – ya vuelve a estar serio- dame la mano. Pero antes coge todo lo que puedas. No vas a volver a esta casa en tu vida.
Cojo la mochila del suelo, y me la ponga a la espalda. Acto seguido, le doy la mano a Axel. Este cierra los ojos y respira hondo.
-         Nunca me he teletrasportado con nadie. Con suerte salimos vivos de esta.
-         Cállate.
Yo también cierro los ojos e intento ayudar, aunque sin éxito.
Lo único que puedo hacer mientras que Axel hace su trabajo, es aferrarme a su mano. Sentir el calor que sale de ella. La suavidad con la que sus dedos se entrelazan con los míos. Como si fuera él el único que me sujeta a este mundo. Mi punto de apoyo. Y en cierto modo, más o menos es así.
-         Ya vamos – susurra.
Entonces todo me da vueltas, y noto unas cosquillitas por los pies, que van subiendo por todo mi cuerpo hasta llegar a mi cabeza. Lo único que siento es la mano de Axel, sujetándome con fuerza.
Por fin, parece que mis pies tocan tierra firme.
Después de un rato, abro los ojos y me aseguro de que es verdad que estoy en tierra firme.
Todo me sigue dando vueltas. Estoy muy mareada.
Aún cogida de la mano de Axel, me giro hacia él, y lo último que veo antes de caer redonda al suelo son sus ojos color verde.