Capítulo 3.
Vuelvo a correr. Tengo a Axel pisándome los talones.
“Sigue corriendo, Amanda” No, es el fin.
“Sigue corriendo” Estoy muy cansada, las piernas apenas me
responden.
“Tú sigue corriendo”
Casi noto la respiración de Axel en mi nuca.
Con todas las pocas fuerzas que me quedan, intento acelerar,
aunque sea solo un poco. Lo consigo.
Siempre he sido la típica chica que no hacía nada en
Educación Física. Odio el deporte. Odio correr. Y sin embargo, aquí estoy,
dándolo todo. No sé como consigo aguantar.
Estoy intentando esquivar las piedras y las ramas que me
encuentro por el camino, pero hay demasiadas. Las ramas me hacen arañazos en la
cara y los brazos, y las piedras se me clavan en los pies. Si salgo de esta,
voy a acabar muy magullada.
Sin embargo Axel, lo hace con toda la elegancia del mundo.
Esquiva todas y cada una de las ramas y piedras. Es como si hiciese esto todos
los días. De hecho, puede que haga esto todos los días.
Cuando creo que ya puedo conseguir escapar, una maldita
piedra hace que me tropiece, cayéndome de bruces al suelo.
Escucho la risa de Axel detrás de mí. ¿Cómo pude ser que la
risa de mi futuro asesino me guste tanto?
Intento levantarme, pero ya me está cogiendo del tobillo,
haciendo que me vuelva a caer. Giro el cuerpo hacia arriba, para poder ver el
cielo. Al menos, si voy a morir, prefiero ver algo hermoso.
Antes de que pueda hacer nada, Axel se me tira encima. Se
sienta sobre mis caderas y me sujeta las muñecas contra el suelo con las
rodillas. En cualquier otra situación, me encantaría estar en esta posición con
él o simplemente con cualquier otro chico tan sumamente sexy como él, pero
teniendo en cuenta que me va a matar, se me quitan las ganas. Coge un cuchillo
del cinturón, y me lo pone en el cuello.
-
Mira, Amanda, tú realmente no debes morir, pero he
decidido que así sea – dice, con la respiración demasiado entrecortada – Creo,
que es preferible morir que sufrir, y si te llevo con las personas que te están
buscando, vas a sufrir, y mucho. Así, que te voy a matar, para que no sufras.
Ya buscaré una escusa. Lo sé, soy demasiado bueno, no me des las gracias.
La rabia se apodera de mí. ¿Qué dice? ¿Qué es mejor que
muera a que me hagan sufrir? ¿Piensa que soy una estúpida? Con todas mis ganas,
le escupo en la cara.
Suelta una risita y se limpia el escupitajo con la manga.
Dios, como me gusta su risa. “No solo te gusta su risa, te gusta él entero” Oh,
cállate.
-
Lo siento de veras, tesoro. Ya verás como me lo
agradecerás, de verdad.
Poco a poco acerca más el cuchillo a mi cuello. Si me quiere
matar, que me mate, pero que no juegue conmigo. Un hilillo de sangre empieza a
brotar ahí donde se acerca el cuchillo. No pienso cerrar los ojos, quiero morir
con dignidad. Le miro, le tengo a escasos centímetros de mi cara, casi estamos respirando
el mismo aire. Le observo todo el rostro. Ojos grandes y verdes, medio ocultos
por el pelo color cobre que le cae por la frente; nariz ni muy grande ni muy
pequeña, supongo que tiene el tamaño perfecto, aunque no sé mucho de narices,
la verdad; pómulos bien marcados; sonrisa muy amplia, hecha con unos labios
carnosos y dientes blancos y perfectos. “Es hermoso, lo sabes” Sí, es hermoso,
más hermoso que el cielo. Poco a poco, se le va borrando la sonrisa de la boca,
y me mira, con eje de dramatismo en los ojos. Si me quiere matar, que lo haga
rápido.
-
Mátame ya, joder. – intento que no me salga la voz muy
temblorosa. No he tenido éxito.
Nada. No hace nada. Solo me mira, con la misma mirada de
pena.
-
¡Qué me mates ya te he dicho! ¡Si no quieres que sufra,
mátame ya, idiota! ¡Mátame!
No sé en que momento las lágrimas han empezado a salir de
mis ojos, pero ahora tengo todo el rostro húmedo.
Misteriosamente, Axel suelta el cuchillo, y me limpia las
lágrimas, mirándome serio, pero con cariño. ¿Cariño? Sí, me parece que eso es
cariño. Me quita las rodillas de las muñecas y se levanta de mi regazo.
-
Vete – me dice muy serio. – Vete no muy lejos. Busca
una casa en el campo, que no viva nadie a los alrededores, ¿me estás
escuchando? No vayas en busca de civilización. No pienso decir donde estás, te
lo prometo. Pero ahora vete.
¿Me está perdonando la vida? ¿Me lo está diciendo enserio?
-
¿Debería confiar en ti? – la pregunta sale sola de mi
boca.
-
No, no deberías, pero tu instinto te dice que sí, y
siempre haces caso a tu instinto, ¿no? – dice, volviendo a esbozar su perfecta
sonrisa.
Le miro durante un buen rato, ¿le matarán por dejarme
escapar? No, no creo que me hubiese dejado ir si eso le va a costar la vida, ¿o
sí?
Con la misma, y sin pensarlo mucho, me doy la vuelta y me
voy, sin correr, estoy cansada de correr, y ahora, Axel ya no es un peligro. Me
lo dice mi instinto, y siempre le hago caso a mi instinto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario